Tipos de Apellidos

A) Apellidos patronímicos

Un procedimiento muy común en todas las comunidades humanas ha sido el de especificar el nombre del padre para establecer distinciones entre personas con el mismo nombre de pila, como por ejemplo “Antonio el hijo de Pedro”, y esto se comprueba aún hoy en día, sobre todo en las zonas rurales. Así pues, en el ejemplo Antonio, el hijo de Pedro se llegó por economía de palabras al resultado Antonio el de Pedro o Antonio de Pedro, y llegó un momento en que, al adherirse naturalmente al nombre del hijo el del padre (en algunos casos de la madre), éste terminó convirtiéndose en apellido hereditario. Así se explican los numerosos apellidos actuales procedentes de nombres de bautismo como Juan, Nicolás, Marcos, Antonio, etc. No faltan casos en los que la preposición “de” se conservó o se añadió posteriormente para evitar que se confundiera el apellido con el nombre de bautismo, de manera que son frecuentes ejemplos como De Miguel, De Nicolás o De Tobías, en los que la presencia de la preposición no indica origen noble, como creen algunos erróneamente.

El apellido procedente del nombre del padre es, con diferencia, el caso más frecuente. De hecho, los abundantes apellidos terminados en “-ez”, como Sánchez, Gutiérrez, etc., no son sino apellidos procedentes del nombre del padre (respectivamente, de Sancho y Gutier)

B) Apellidos toponímicos

La costumbre de apellidarse con nombres de localidades viene de antiguo y podemos citar a Thales de Mileto (640 A.C. en Mileto), Pitágoras de Samos (580 A.C. en Samos), etc. Los lugares de donde procedían los individuos, donde vivían o de los que eran propietarios, han sido siempre un formante importantísimo de apellidos. Aquí también se produjo el mismo proceso ya mencionado en el que un José el Soriano, o un Ramón de Albacete, terminaron siendo José Soriano, o Ramón Albacete, aunque en casos como éstos es frecuente que se conserve la preposición “de”. Los nombres que designan lugar de origen o de residencia son muy variados y van desde el nombre de un país o región hasta el de un riachuelo, una pequeña propiedad o una construcción. Así las cosas, hablamos de apellidos procedentes de “topónimos menores”, es decir, de nombres de fincas rurales, partidas, montes, barrancos, etc., y de apellidos surgidos de “topónimos mayores”, esto es, de nombres de núcleos de población, comarcas, regiones, países, grandes ríos, etc. No hay duda de que los apellidos formados desde topónimos menores, es decir, nombres como De la Fuente, Del Río, etc., fueron usados en un principio entre los habitantes de una misma localidad o municipio donde sólo existía una fuente o un río.

También los nombres de las partidas rurales dependientes de un mismo pueblo o aldea servían para dar apellidos. De ahí vienen muchos apellidos alusivos a vegetales, como Del Pino, Castaño, etc., porque el individuo en cuestión residía en la partida de nombre El Pino, El Castaño, etc. También de nombres de partidas, y no necesariamente de apodos, proceden muchos zoónimos, como Buey o Caballo, porque los individuos en cuestión residían en la partida o lugar de nombre El Buey, El Caballo, etc. Asimismo, de nombres de partidas proceden los apellidos alusivos a edificios y construcciones (Corral, Cabaña, etc.). En un mismo pueblo, el lugar donde estaba ubicada la casa de un individuo servía para dar apellido, como se desprende de documentos medievales donde aparecen “apellidos” como Antonio del callizo, Juan de la plaza, etc. También servía para formar apellidos el lugar de residencia aludido en función de su situación relativa, como de allende, de arriba, de abajo, etc.; y así, un Pedro de allende el río terminaba siendo Pedro Allende, o un Juan de arriba la fuente se quedaba como Juan Arriba. En lo que concierne a los apellidos formados desde topónimos mayores, es decir, a partir de nombres de ciudades o pueblos, éstos ya implicaban un hecho migratorio.

Es significativo descubrir la procedencia de quienes repoblaron zonas reconquistadas a los árabes a partir de la antroponimia. Por ejemplo, son frecuentes en la zona de Madrid, Castilla-La Mancha y Andalucía los apellidos procedentes de poblaciones castellano-leonesas, así como en Valencia lo son los apellidos que proceden de poblaciones catalanas y aragonesas, pues sabemos que, tras la conquista de Valencia por Jaume I de Aragón, fueron gentes originarias de Cataluña y Aragón las que repoblaron la mayor parte del Reino de Valencia. También es significativa la gran cantidad de apellidos catalanes castellanizados en la zona murciana, que ponen de manifiesto la importante repoblación que los catalanes llevaron a cabo en el reino de Murcia. En ello se demuestra que a los colonos que tomaban posesión de las nuevas tierras, el escribano los matriculaba utilizando como apellidos las poblaciones de donde provenían. Un porcentaje muy alto de los apellidos actualmente existentes en España proceden de nombres de poblaciones, lo que implica una intensa actividad migratoria en tiempos medievales.

Establecer una clasificación más o menos completa de topónimos formantes de apellidos sería muy complejo, no obstante, podemos hacer la siguiente clasificación:

  1. Apellidos procedentes de gentilicios, nombres de países, regiones, ciudades o pueblos: España, Francés, Catalán, Aragón, Aragonés, Almagro, etc.
  2. Apellidos procedentes de nombres comunes de núcleos de población: Aldea, Barrio, Villa, etc.
  3. Apellidos procedentes de nombres comunes de edificios y construcciones varias: Torres, Castillo, Corral, Puente, Iglesia, Cabaña, etc.
  4. Apellidos procedentes de nombres de accidentes hidrográficos: Ebro, Segura, Río, Torrente, Ribera, Fuentes, etc.
  5. Apellidos procedentes de nombres comunes referentes al relieve y composición del terreno: Sierra, Monte, Valle, Cueva, Peña, Roca, etc.
  6. Apellidos procedentes de nombres referentes a la vegetación: Encina, Perales, Manzano, Fresneda, etc.

C) Apellidos procedentes de oficios, cargos o títulos

Esta categoría obtiene el tercer puesto en importancia, y son muchos los apellidos relacionados con la iglesia, la nobleza, el ejército, la artesanía, el comercio, la agricultura, la ganadería, etc. Los cargos eclesiásticos, como abad, obispo, capellán o sacristán, han dado origen a abundantes apellidos, lo cual puede resultar sorprendente si suponemos a los hombres de iglesia célibes, como hoy en día, pues no se entiende la razón de apellidos hereditarios en un estamento que, supuestamente, no puede tener descendencia.

Los motivos para su formación pudieron ser varios; en su mayor parte, estos linajes se formaron a partir de apodos relativos a muy diversas circunstancias: personas muy beatas, solitarias o castas, o que habían abandonado el hábito religioso, o lo habían vestido en cumplimiento de algún voto, o habían sido monaguillos, o servían en un monasterio, sin por ello haber profesado, o vivían en las cercanías de un convento o iglesia, etc. También debió de ser costumbre aplicar estos apodos a los familiares de eclesiásticos. No obstante, tampoco podemos descartar que tales linajes descendieran por línea consanguínea de quien ostentaba tal cargo. Si bien la Iglesia católica defiende el celibato de sus ministros muchos de ellos ya estaban casados cuando tomaban el hábito y así seguían, y otros en su soltería, llevaban una vida sexual activa con lo que muchos de ellos tenían hijos naturales, y no por ello eran expulsados de la iglesia. Esta situación cambió en 1123, fecha del Primer Concilio de Letrán, en el cual el papa Calixto II condenaba la vida en pareja de los sacerdotes y obligaba a los mismos al celibato.

La norma tuvo poca eficacia, puesto que en 1139 se vio obligado a insistir en ella el papa Inocencio II en el Segundo Concilio lateranense, haciendo lo propio Alejandro III en el Tercer Concilio de Letrán, donde finalmente la norma conciliar pasó a formar parte del código de derecho canónico. Incluso entonces, existió la llamada renta de putas, consistente en una cantidad que los clérigos debían abonar al obispo cada vez que incumplían el voto de celibato, costumbre que se mantuvo hasta el año 1435, fecha en que finalizó el Concilio de Basilea, en el que se decretó la pérdida de los ingresos eclesiásticos a todo clérigo que no abandonase a su concubina. El Concilio de Trento (1545-1563) implantó definitivamente los decretos de los tres concilios lateranenses y determinó la prohibición de admitir en el seno de la Iglesia a hombres casados. Todo ello indica que, los linajes alusivos a cargos eclesiásticos debieron de originarse a partir de apodos referentes a hijos ilegítimos de sacerdotes.

En cuanto a los apellidos procedentes de títulos nobiliarios como duque, conde, o rey, no deben hacemos pensar necesariamente en una relación con individuos que ostentasen tales títulos o cargos; lo más probable es que, en la mayoría de los casos, se tratara de motes o apodos. En efecto, si una persona era arrogante, altiva, etc., se le apodaba rey, conde, etc., motes que todavía hoy se aplican. También se podía apodar así a una persona que servía en la corte del rey o en casa de un conde, así como a alguien que tuviera algún parecido físico con el rey o el señor local. Lo cierto es que pudieron existir muchas otras causas surgidas de la imaginación popular, pero en pocos casos debemos pensar que esos nombres se debieran a hijos ilegítimos de reyes o duques.

Podemos distinguir seis categorías de apellidos procedentes de profesiones o cargos:

  1. Cargos eclesiásticos: Abad, Cardenal, Monje, Sacristán, etc.
  2. Títulos nobiliarios: Rey, Conde, Duque, Hidalgo, etc.
  3. Cargos u ocupaciones relacionados con el ejército o el funcionariado: Alférez, Bayle, Alcalde, Alguacil, Escribano, Jurado, etc.
  4. Oficios diversos relacionados con la artesanía y el comercio: Herrero, Molinero, Zapatero, Sastre, etc.
  5. Oficios derivados de la agricultura, la ganadería, la pesca, etc.; Labrador, Pastor, Vaquero, Pescador, etc.
  6. Oficios y ocupaciones diversas: Caminero, Criado, etc.

D) Apellidos procedentes de apodos

Éste es el procedimiento más antiguo que existe para distinguir a los individuos, y todavía hoy está muy extendido el uso de los apodos, aunque más en las zonas rurales que en las urbanas. Con los apodos ocurre lo mismo que en las demás categorías, y se hacen hereditarios aunque el portador original lleve ya mucho tiempo muerto. Los apellidos procedentes de apodos presentan a veces serias dificultades de interpretación; en muchos casos se trata de voces conocidas, existentes actualmente y cuyo sentido es fácil de entender, como Feo, Gordo, etc., pero en otros casos son antiguas voces populares, algunas de las cuales ni siquiera están documentadas; en otras ocasiones, por último, aunque sean voces conocidas, resulta muy difícil adivinar qué sentido podían tener en la imaginación popular. Los apodos se pueden clasificar de la siguiente manera:

  1. Apodos referentes a características físicas: Bajo, Gordo, Rubio, Calvo, Cano, etc.
  2. Apodos referentes a características morales: Alegre, Bueno, Salado, etc.
  3. Apodos referentes a animales: Borrego, Buey, Conejo, Vaca, etc.
  4. Apodos referentes a plantas: Cebolla, Oliva, Trigo, etc.
  5. Apellidos referentes a lazos de parentesco, edad, estado civil, etc.: Casado, Joven, Mayor, Nieto, Sobrino, Viejo, etc.
  6. En una última categoría entran todos los demás apodos que se puedan imaginar referentes a anécdotas o circunstancias relacionadas con la vida del individuo: Botella, Capote, Tocino, Porras, etc. En muchos casos ocurrió que el nombre del objeto se aplicó por elipsis al que lo fabricaba; de ahí proceden apellidos como Cuerda, Cadenas, etc.

E) Apellidos procedentes de aplicaciones onomásticas varias, consagraciones, bendiciones, augurios para con el recién nacido o hechos relativos al nacimiento

Estos apellidos proceden de nombres de nacimiento que los padres u otras personas le aplicaban al niño además del nombre cristiano de pila o como nombre único de bautismo. Tenemos varios tipos, que podemos clasificar de la siguiente manera:

  1. Apellidos procedentes de nombres de bautismo de carácter afectivo o elogioso, relativos a consagraciones a Dios, bendiciones, buenos augurios, etc. Hasta que el Concilio de Trento (siglo XVI) hizo obligatorio bautizar a los niños con nombres extraídos del santoral católico, las gentes del medievo utilizaban aplicaciones onomásticas diversas, de carácter elogioso, como Lozano, Valiente, o de carácter afectivo, como Tierno, Bueno, Bello, etc.; también era muy frecuente aplicar como nombre de nacimiento fórmulas natalicias de buen augurio, como Buendía, Alegre, y nombres alusivos a consagraciones a Dios o a hechos y fiestas de la liturgia católica, como Diosdado, De Jesús, De Dios, etc.
  2. Apellidos referentes a circunstancias del nacimiento, a la ilegitimidad del nacimiento o a la paternidad desconocida, etc.: Bastardo, Expósito, Temprano, Tirado, etc.
  3. Apellidos referentes al mes de nacimiento: Enero, Febrero, Marzo, Abril, Mayo, etc. Carece de fundamento la afirmación de algunos acerca de que eran nombres impuestos a los expósitos en función del mes del año en que se les encontraba; también se ha dicho, sin mayor fundamento, que eran de expósitos los apellidos hagionímicos como Sanjuan o Santamaría, o los apellidos-nombres de bautismo como Pedro o Nicolás.

F) Apellidos de origen incierto o desconocido

No escasean los apellidos acerca de los cuales nos es difícil o imposible asegurar una etimología. Algunas veces esta imposibilidad se debe a que estamos en presencia de apellidos muy antiguos, en algunos casos prerromanos, como García o Muñoz, que la ciencia etimológica no ha conseguido explicar satisfactoriamente debido al desconocimiento de las lenguas prerromanas. Otras veces, aunque pueda tratarse de un nombre perteneciente a una lengua conocida, como el latín, el árabe o el germánico, la evolución y transformación del nombre a lo largo de los siglos nos lo ha hecho irreconocible.

Por otro lado, no faltan apellidos nacidos de motes procedentes de palabras romances dialectales o locales, hoy desaparecidas y por ende difíciles o imposibles de explicar. Por fin, también ocurre, como ya hemos visto, que gran parte de los apellidos se originan a partir de nombres geográficos, y es frecuente que muchos de ellos, precisamente por ser antiquísimos y por proceder de lenguas prerromanas desconocidas, no se hayan podido interpretar; por ejemplo, no se conoce con exactitud la etimología de topónimos formadores de apellidos como Huesca o Toledo.

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